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Tuesday, September 6, 2011

La historia de Amelia


Hay una mujer gallega, que duerme cada noche en el parque, y por las mañanas se sienta siempre conmigo a charlar. Tiene el pelo blanco, suele llevar dos coletas, y parece una niña pequeña con ropa demasiado grande y un cuerpo demasiado viejo para su edad. Casi siempre la conversación es la misma, me pregunta si me gusta cómo tiene hoy el pelo, y después suele repetir casi todo lo que digo yo. Le da agua a mi perra y se ríe a carcajadas cuando el animal echa a correr detrás de la pelota. A veces cree ver que viene alguien a quitarle sus bolsas, entonces se levanta corriendo a esconderlas dentro de un arbusto, mientras yo busco con la mirada a un posible ladrón de bolsas que nunca está.


Amelia vive en el parque desde hace un año y medio. Duerme aquí, y cada mañana barre las hojas que caen de los árboles, lava su ropa, y la coloca sobre el boj a secar. Esta mañana me contó que estuvo trabajando de interna durante 22 años, en casa de una señora que vivía en la Moraleja, pero la mujer murió y desde entonces está en la calle. 


Una asistente social viene una vez cada tres meses para contarle cómo van los trámites de los papeles que tiene que cumplimentar, para poder cobrar la pensión en Coruña, que es donde tiene a su familia y donde dispondría de un techo bajo el que vivir. La cosa se complica porque Amelia tiene un problema de corazón, y sufre infartos debido a que tiene este órgano demasiado grande y la caja torácica demasiado pequeña. Le llevan el caso en la Fundación Jiménez Díaz, y no consigue trasladar su historial a Galicia. 



Siempre va rodeada de un grupo de tres o cuatro hombres, que la protegen por las noches, pero a ella no le gusta demasiado su compañía porque dice que sólo viven por y para el alcohol. "Lo que pasa es que sigo con ellos porque me da miedo dormir sola por las noches, pero no son buena gente, no son la mejor compañía".


Amelia me cuenta que consigue el Sintrom a través de una chica fotógrafa que viene por las mañanas a pasear a su perro, ya que a ella no le dan la receta, y no me queda muy clara la razón. Así que, cuando se le acaba la medicina, va al estudio de esta chica, y ella se la consigue. 


Mientras tanto divaga sobre el tipo de trabajos que podría desempeñar (cuidar niños, pasear ancianos...) hasta que cumpla los 65, ya que sólo le quedan 4 años, y se pueda jubilar. 

Monday, September 5, 2011

Otra de denuncia social

Todas las mañanas, desde hace años, paseo a mi perra por la Plaza de Oriente y alrededores. Y todas las mañanas, desde hace mucho tiempo, coincido con una mujer que duerme allí, y a esas horas siempre está sentada en un banco con un perro blanco. Hace poco empezamos a saludarnos, y de un sencillo "buenos días", pasamos a diálogos más largos en los que en seguida me di cuenta de que es una persona educada, y no me refiero a los modales precisamente. Siempre me había fijado en que no bebe, como otros que también duermen por la zona, y por las tardes se sienta en el césped a leer novelas históricas. El caso es que el otro día, al ver a mi perra cojeando, me preguntó qué tenía: 
- Una herida en una uña y se le ha infectado
- Anda, pues yo soy veterinaria, si quieres le echo un vistazo.
Mientras la mujer examina la pata de mi perra y me comenta que parece ser un hongo, me pregunto qué hace una veterinaria viviendo en la calle. Desgraciadamente, cada vez me sorprenden menos estas cosas, porque si lo hicieran sería poco observadora y bastante tonta. El caso es que a los pocos días me contó su historia. 
Resulta que vive en la calle porque le puso a su marido una denuncia por malos tratos, y cuando llegó a una casa de acogida, le dijeron que con el perro no había sitio para ella. "Mi perro es mi familia", me decía ella, "así que como comprenderás, no voy a deshacerme de lo único que tengo a cambio de un techo". Por lo visto, a los pocos meses de vivir en la calle, la comunidad le consiguió una pensión en la que pudo vivir con el animal durante un tiempo, hasta que le dijeron que ya no tenían presupuesto. Y vuelta a la calle. A veces la veo reunirse con el abogado que está llevando su caso en ese mismo banco, mientras el perro no para de jugar a su alrededor mordiéndole el traje.